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Aguachica y algodón: historias paralelas



A mediados del siglo XIX, cuando todavía era parte de la provincia de Ocaña, Aguachica tenía escasos 701 habitantes. "Era entonces un caserío surgido lentamente de la frecuencia centenaria de un camino, el camino del río". Hoy, tras otro siglo y medio de esfuerzos, unas 70.000 personas viven en Aguachica, el segundo municipio del Cesar y uno de los centros de desarrollo económico más dinámicos al sur de la costa atlántica colombiana.

 

Aguachica, historia de un camino es el tema del libro de Carlos Nicolás Hernández y Alfredo Camelo Bogotá, cuya publicación viene a enriquecer el abandonado campo de la historia local en Colombia. No es tarea fácil, debido a la escasez de fuentes. Sin embargo, los autores han hecho uso extensivo, aunque no muy sistemático, de documentos notariales y, sobre todo, de la historia oral para reconstruir el pasado de un municipio que, hasta hace poco, podía considerarse parte de la "frontera

 

Hernández y Camelo Bogotá remontan su relato a la época de la conquista. Y a ésta y a la colonia, durante la cual Aguachica era apenas aún una referencia geográfica, dedican quizá demasiado espacio donde, inevitablemente, tienen muy pocas oportunidades para contar algo novedoso Los textos escogidos de Pedro de Aguado, Juan de Castellanos y Pedro Simón, y los más tardíos de Francisco Silvestre y Antonio de Narváez, entre otros, sirven sí un propósito: ubicar Aguachica en la corriente de los principales eventos que fueron determinando la historia nacional. En particular, la historia de Aguachica se vería condicionada por el movimiento comercial de la región de Ocaña hacia la ruta del río Magdalena.

 

"Aguachica, municipio privilegiado. Dios ha puesto la mano aquí", expresé Charles Gail, funcionario de la Texas Oil Company, en 1964, con un entusiasmo que recuerda las erradas apreciaciones optimistas de Von Humboldt sobre las riquezas naturales de América Latina. Los cronistas de la conquista y algunos analistas de la colonia también dejaron impresiones similares sobre la aparente abundancia del trópico. Pocos prestaron atención a sus duras condiciones de vida, aquellas enormes barreras del progreso. A la vuelta de este siglo, "el azote de la peste" obligó a sus sobrevivientes a cambiar la localización de Aguachica. Al paludismo, "flagelo de los siglos", se sumaban los estragos que en la región causaban las inundaciones del río Magdalena. Y Aguachica sufría también con los desastres ocurridos en Las poblaciones vecinas. Más aún:  Aguachica se resentía del aislamiento, de la falta de comunicaciones, ese "antiguo enemigo" del desarrollo económico colombiano.

 

Como en tantos otros rincones del país, el ciclo de exportación del tabaco que siguió a la abolición de su monopolio a mediados del siglo XIX también benefició a Aguachica, donde los tabacales, en palabras de Agustín Codazzi, nada tenían que envidiar a los de Anibalema. A este impulso inicial sucedió una corriente casi ininterrumpida de inmigrantes. En 1890, el gobernador del Magdalena, Ramón Goenaga, destacaba "una gran inmigración de Santander [..], donde las autoridades les protegen para que se sitúen, y de ese modo ha crecido el pueblo de Aguachica". Según Hernández y Camelo Bogotá, Aguachica "es obra y espíritu de los colonizadores de la región en el último cuarto de siglo". Los nombres de sus calles —Santander, Tolima, Magdalena, Bolívar, entre otros— reflejan los más diversos orígenes regionales de los inmigrantes que hicieron de la historia de Aguachica "una historia de colonias".

 

Estos flujos migratorios siguieron llegando a Aguachica a comienzos del siglo XX atraídos por las nuevas oportunidades económicas que se abrieron a la región con la presencia del capital extranjero. Los efectos de las exploraciones petroleras y de las exportaciones de bananos al norte del Magdalena también se sentían en la lejana Aguachica. En el segundo decenio de este siglo, Pedro Ignacio Uribe y Abraham Bravo se destacaban entre quienes participaban en un dinamizado mercado de la tierra. Aunque en medio de todas las limitaciones, como bien lo observan Hernández y Camelo Bogotá, no toda la tierra en Aguachica había permanecido hasta entonces estática. El ejemplo de El Besote ilustra cómo, desde mediados del siglo XIX, la tierra cambiaba de manos con alguna frecuencia: en 1868, Rudecindo de la Osa, Domingo Ramos, Antonio Mesa, Juan Medalla y Bernardo Caraballo habían tomado posesión de este globo de tierra; en 1872, El Besote pasaba a manos del colono Juan de Dios Villarreal quien, tiempo después, transfería sus derechas a Bernardino Calderón; los herederos de Calderón, a su turno, vendieron El Besote a Eduardo Pallares, de quien lo adquiriría Abraham Bravo en 1918.


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